Laura Berríos Villafuerte
Las transformaciones aceleradas del entorno corporativo contemporáneo han generado organizaciones cada vez más exigentes, hiperconectadas y orientadas a la productividad sostenida. En medio de este escenario, millones de personas han aprendido a convivir con estados permanentes de tensión psicológica, sobrecarga cognitiva, agotamiento emocional y presión constante, hasta el punto de considerar el malestar como parte “normal” del éxito profesional.
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La problemática radica en que aquello que durante años fue interpretado organizacionalmente como compromiso, alto rendimiento o capacidad de adaptación, hoy comienza a evidenciarse científicamente como un proceso progresivo de deterioro neurofisiológico con profundas repercusiones sobre la salud mental, el sistema inmunológico, el funcionamiento endocrino, la estabilidad emocional y la sostenibilidad humana del desempeño laboral.
Desde la Neurociencia Aplicada y la PsicoNeuroInmunoEndocrinología (PNIE), el distrés crónico no representa únicamente un estado emocional incómodo ni una percepción subjetiva de cansancio. Constituye una alteración sistémica compleja capaz de modificar la estructura y funcionalidad cerebral, alterar circuitos neuroquímicos, comprometer la regulación hormonal, debilitar la respuesta inmunológica y afectar directamente la conducta, las relaciones interpersonales, la toma de decisiones y la capacidad de liderazgo.
El problema más preocupante no es únicamente la existencia del distrés, sino su normalización cultural dentro de múltiples organizaciones.
LA GLORIFICACIÓN DEL AGOTAMIENTO
Durante décadas, numerosos modelos organizacionales promovieron silenciosamente una cultura basada en la disponibilidad permanente, la presión sostenida, la competitividad extrema y la productividad sin límites fisiológicos claros.
En múltiples contextos corporativos, dormir poco, vivir bajo presión constante, responder mensajes fuera del horario laboral, sostener jornadas excesivas o permanecer emocionalmente desconectado de las propias necesidades comenzó a interpretarse erróneamente como disciplina, fortaleza mental o liderazgo eficiente.
Sin embargo, la fisiología humana no distingue entre “presión laboral” y amenaza biológica.
El cerebro interpreta toda experiencia persistente de exigencia, incertidumbre, miedo, conflicto o pérdida de control como un estímulo potencialmente amenazante.
En consecuencia, el organismo activa mecanismos neurobiológicos de supervivencia diseñados originalmente para responder a situaciones agudas y temporales, no para sostenerse de manera crónica durante meses o años.
Cuando estos mecanismos permanecen activados de forma continua, el cuerpo comienza a pagar un precio biológico extremadamente elevado.
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