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De sumar a influir: el verdadero desafío de las mujeres en la industria tecnológica

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Ariela Fefer

Durante mucho tiempo, hablar de mujeres en tecnología fue hablar de presencia. Hoy, esa conversación ya no basta: ya no se trata de por qué deben estar en el sector, sino de qué cambia cuando participan en decisiones críticas. La discusión ha pasado de la representación al impacto.

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Aun así, esta evolución convive con una brecha persistente. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), las mujeres representan alrededor de un tercio de quienes se forman en carreras de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) en la región. Esta menor participación en la base del sistema se refleja luego en su limitada presencia en los espacios de decisión. La brecha no solo es de acceso, sino de influencia.

El foco de la conversación también cambió. Antes se hablaba de acceso: más mujeres en carreras STEM, más contrataciones, más cupos. Hoy, en cambio, la discusión está en quién lidera, quién decide y quién define cómo se diseñan tecnologías que no reproduzcan desigualdades. Ese es el verdadero avance.

En ese contexto, pasar se ser una más, implica entender que la presencia, por sí sola, no transforma y que el cambio ocurre cuando las mujeres influyen y participan en decisiones estratégicas.

Para que esta influencia se traduzca en impacto real, la inclusión debe dejar de ser simbólica. Esto se refleja en cambios en la forma de decidir y operar, desde los espacios ejecutivos hasta el diseño de los productos. El impacto se vuelve tangible: cambian las prioridades, los criterios de inversión y la forma en que se mide el éxito. La inclusión deja de ser una convicción personal y pasa a ser un pilar del negocio.

La influencia no ocurre de manera espontánea. Se construye con capacidades, redes y presencia en los espacios donde se toman las decisiones. Influir no es solo alzar la voz, sino modificar la conversación y lograr que, con la palabra y el ejemplo, las cosas cambien.

Si la agenda se enfoca solo en el “cupo”, aparecen riesgos: reducir el avance a una cuestión numérica y mantener estructuras que no cambian. El cupo puede abrir la puerta, pero sin influencia no hay transformación.

Cuando las mujeres influyen, el impacto es claro. Cambian las decisiones, las prioridades y la forma en que se define el éxito. La presencia transforma los equipos; la influencia transforma la organización.

También cambia qué se valora, cómo se invierte y qué se entiende por generar valor. Se amplía la mirada, se incorporan nuevos criterios y el éxito deja de medirse solo con indicadores tradicionales, incorporando dimensiones como el bienestar, el impacto y la resiliencia.

La discusión ya no es cuántas mujeres hay en tecnología, sino cuánto de la tecnología que se diseña hoy sigue haciéndose sin ellas. Y esto, en sí, ya representa una oportunidad para todas.

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