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La revolución silenciosa del facility management

El facility management ya no es un centro de costos, es un generador de valor e impacta en la productividad y la permanencia del talento.
El facility managment le agrega valor a la empresa.

Adriana Cortines

En 2026, los bienes raíces corporativos dejarán de ser un simple rubro contable para convertirse en una verdadera plataforma estratégica. Esa es la conclusión que hoy, desde la auditoría y el análisis de desempeño organizacional, resulta imposible ignorar: el facility management ya no es un centro de costos, es un generador de valor.

Durante años, el foco estuvo en reducir gastos. De hecho, el 72% de las organizaciones sigue priorizando la disminución de costos operativos. Sin embargo, las compañías que realmente están marcando la diferencia están utilizando esas eficiencias para reinvertir en tecnología, experiencia del empleado y flexibilidad operativa.

La infraestructura física ya no se gestiona para sobrevivir, sino para competir. Las cifras hablan por sí solas. Las oficinas registran apenas un 54% de utilización promedio global, muy por debajo del 79% considerado óptimo. Esto obliga a repensar el portafolio inmobiliario con lógica elástica: sedes centrales más inteligentes, espacios satélite estratégicos y soluciones bajo demanda respaldadas por datos en tiempo real.

Pero el verdadero cambio es cultural. Hoy el equilibrio vida-trabajo supera al salario como principal factor de retención. El 67% de las personas valora ubicaciones vibrantes y funcionales. Desde la auditoría estratégica, esto confirma que la gestión de instalaciones impacta directamente la experiencia, la productividad y la permanencia del talento.

La transformación tecnológica acelera este proceso. La adopción de inteligencia artificial en bienes raíces corporativos pasó del 5% en 2023 al 92% en 2025. En facility management, la IA ya optimiza órdenes de trabajo y prolonga el ciclo de vida de activos, reduciendo costos correctivos hasta en 40%. Además, la gestión energética se consolida como motor de retorno de inversión, no solo como política de sostenibilidad.

El punto central es claro: datos integrados, tecnología, eficiencia energética y experiencia humana no son iniciativas aisladas. Son el tejido conectivo de una estrategia inmobiliaria moderna. Las organizaciones que comprendan esta interdependencia no solo administrarán metros cuadrados; transformarán su huella física en una ventaja competitiva medible.

En 2026, la pregunta ya no será cuánto cuesta un edificio, sino cuánto valor estratégico es capaz de generar.

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