Óscar Vásquez
La creciente tensión comercial entre Estados Unidos y China viene reconfigurando la arquitectura del comercio internacional en lo que va del siglo XXI. Incrementos de aranceles, restricciones tecnológicas, controles a la inversión y políticas de friend-shoring han reemplazado progresivamente el ideal de liberalización comercial que caracterizó la segunda mitad del siglo XX bajo el marco del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) y de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
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Lo que inicialmente comenzó como un conflicto arancelario ha evolucionado hacia una competencia estructural que abarca tecnología, inversión extranjera, cadenas de suministro y control de sectores estratégicos. En este sentido, este proceso viene generando un cambio significativo en el orden económico global, desde un modelo relativamente multilateral basado en reglas hacia un sistema fragmentado en bloques económicos y geopolíticos.
Sin embargo, las cadenas globales de valor, la especialización productiva y la innovación logística no son resultados estáticos, sino el producto de un proceso continuo de coordinación que sucede por decisiones que toman las empresas descentralizadamente, y el conflicto comercial altera este proceso al introducir restricciones artificiales que modifican las señales de precios internacionales, reduciendo la capacidad del sistema para descubrir nuevas configuraciones eficientes de producción.
Ludwig von Mises sostenía que el cálculo económico sólo es posible bajo precios de mercado formados libremente, y aunque su análisis se dirigía en contra de la planificación económica estatal, su lógica es aplicable también al sistema internacional cuando múltiples Estados intervienen simultáneamente en la formación de precios mediante sus políticas de incremento arancelario, subsidios y restricciones regulatorias.
En este contexto, los precios internacionales dejan de reflejar condiciones de escasez relativa y pasan a incorporar decisiones políticas estratégicas. Esto introduce ruido en el sistema de señales que coordina la producción global. El resultado es una asignación menos eficiente del capital, con inversiones desviadas hacia sectores protegidos políticamente en lugar de aquellos determinados por la eficiencia económica. Las decisiones empresariales dejan de basarse exclusivamente en criterios económicos y pasan a depender de consideraciones políticas, tales como riesgos de sanciones, restricciones tecnológicas o reubicación forzada de cadenas de suministro.
La Organización Mundial del Comercio fue concebida como un mecanismo institucional para reducir la incertidumbre en el comercio internacional mediante reglas predecibles. Sin embargo, la guerra comercial ha evidenciado sus limitaciones estructurales para frenar el aumento de medidas arancelarias unilaterales y el creciente uso de argumentos de seguridad nacional para justificar restricciones paraarancelarias.
Para economías como la peruana, altamente dependientes del comercio exterior, la guerra comercial genera efectos heterogéneos. En el corto plazo, puede producir oportunidades de desviación de comercio, especialmente en sectores agroindustriales y textil-confecciones. Sin embargo, estos efectos son inciertos y dependen de decisiones políticas altamente volátiles.
En el mediano y largo plazo, el principal riesgo es la fragmentación del sistema comercial internacional. Los países en desarrollo requieren reglas estables y previsibles para atraer inversión extranjera directa porque la incertidumbre geopolítica incrementa el costo de capital y reduce la inversión en sectores productivos.
EL COMERCIO LIBRE
Debemos entender que el comercio libre no es únicamente un mecanismo de eficiencia, sino una institución que permite la cooperación voluntaria a escala global. El rol de los defensores del libre comercio no debe limitarse a la defensa de instituciones existentes como la OMC, sino a la defensa del principio general de reducción de barreras y de intercambio comercial voluntario.
Para países en desarrollo como el Perú, el principal desafío no es la alineación geopolítica con alguno de los contrincantes (ni Estados Unidos ni China), sino la preservación de un entorno institucional abierto, predecible y basado en reglas claras que permitan la integración en cadenas globales de valor. Esto implica una crítica sistemática a:
- aranceles,
- subsidios industriales,
- políticas de relocalización forzada,
- restricciones tecnológicas,
- y medidas de seguridad económica utilizadas como justificación de proteccionismo.
En última instancia, el debate no debería ser sólo sobre los efectos de esta guerra comercial sino sobre el tipo de orden económico global que se desea construir: uno basado en la cooperación voluntaria y el libre intercambio, o uno determinado por decisiones políticas estratégicas que sustituyen el proceso de mercado.
