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Estado pro innovación: ¿qué estamos haciendo y qué falta por hacer?

Karina Maldonado

En el Perú, la innovación ya no es una aspiración, es una necesidad. En un contexto global marcado por la inteligencia artificial, la transición energética y nuevas cadenas de valor, los países que logren articular academia, empresa y Estado serán los que generen y capturen mayor valor.

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El Perú ha dado pasos importantes. Desde el CONCYTEC, con el apoyo de ProCiencia, se han fortalecido instrumentos de política para impulsar la investigación aplicada, el desarrollo tecnológico y la transferencia tecnológica. Asimismo, la Ley N° 30309 promueve la inversión privada en I+D+i mediante incentivos tributarios.

Por su parte, ProInnóvate, bajo el liderazgo del Ministerio de la Producción, ha dinamizado la inversión en innovación empresarial mediante fondos concursables que incentivan la colaboración entre empresas y entidades académicas. Estos instrumentos han contribuido a reducir una de las principales barreras del sistema: el alto costo y riesgo de innovar.

Sin embargo, persisten desafíos estructurales. El Perú invierte apenas 0.18% del PBI en I+D (2023), muy por debajo del promedio de la OCDE (más de 2.5%), y con una participación privada aún limitada. Además, la articulación entre actores sigue siendo débil: muchos esfuerzos no se traducen en resultados concretos como tecnologías licenciadas, startups o adopción empresarial. La “última milla” de la innovación sigue siendo el principal reto.

¿QUÉ ESTÁ FALTANDO?

Primero, pasar de instrumentos aislados a un portafolio articulado. El Estado debe no solo financiar, sino también fortalecer la articulación de entidades como PRODUCE, MEF, MINEDU y CONCYTEC, entre otros, hacia resultados comunes, aprovechando espacios como la Comisión Multisectorial de CTI.

Segundo, activar la demanda empresarial por innovación. Los incentivos existen, pero requieren mayor uso. Para ello, es clave simplificar procesos y generar confianza en el sector privado.

Tercero, fortalecer las capacidades de transferencia tecnológica. Las Oficinas de Transferencia Tecnológica (OTT) en universidades e institutos de investigación aún enfrentan limitaciones en recursos, especialización y conexión con el mercado. Sin una institucionalidad robusta que traduzca conocimiento en soluciones, la articulación seguirá siendo declarativa.

Cuarto, descentralizar la innovación. Las regiones tienen un alto potencial productivo y de conocimiento que aún no se aprovecha plenamente. La articulación academia e industria no puede seguir siendo un fenómeno centralizado en Lima.

Finalmente, es clave medir lo que importa. Más allá del número de proyectos financiados, el sistema debe enfocarse en indicadores de impacto: tecnologías o patentes licenciadas, ventas derivadas de innovación, número de empresas que innovan y participación privada en I+D. Lo que no se mide, no se gestiona y, por tanto, no se mejora.

Es importante reconocer que el Perú no parte de cero. Tiene instituciones, instrumentos y talento, pero necesita dar el siguiente paso: consolidar un Estado que no solo promueva la innovación, sino que conecte, articule y acelere a los actores del sistema a nivel regional, sectorial y nacional. Porque en la economía del conocimiento, la verdadera ventaja competitiva no está solo en generar ideas, sino en convertirlas en soluciones que transformen el país.

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