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Cuando la ética deja de ser suficiente

Ana Sayán

¿Y si después de haber recibido decenas de capacitaciones sobre ética, integridad, cumplimiento y valores, sigo sin querer hacer lo correcto?

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Durante años, las organizaciones han invertido millones en programas de ética, códigos de conducta, políticas de cumplimiento y campañas de sensibilización. Sin embargo, los casos de corrupción, acoso laboral, conflictos internos, abuso de poder, fraude, rotación, desgaste emocional y pérdida de confianza siguen presentes.

La pregunta ya no es cuánto capacitamos en ética, la verdadera pregunta es otra:
¿Por qué personas que saben perfectamente qué es correcto terminan haciendo lo contrario?

Después de más de quince años acompañando a personas, familias, líderes y organizaciones, he llegado a una conclusión que puede resultar incómoda: el problema rara vez es la falta de conocimiento, el verdadero problema es la falta de carácter.
La mayoría de las personas sabe que no debe mentir, manipular información, aprovecharse de otros o incumplir una norma, el verdadero desafío aparece cuando hacer lo correcto tiene un costo. Es ahí donde el conocimiento deja de ser suficiente y el carácter comienza a marcar la diferencia.

Cuando una persona aprende una forma equivocada de entender el éxito, cuando normaliza pequeñas incoherencias, cuando justifica lo injustificable con un “todos lo hacen”, o cuando empieza a creer que el fin siempre justifica los medios.

Y es precisamente ahí donde aparece un concepto que considero fundamental: la autocorrupción.


La autocorrupción ocurre cuando una persona deja de ser fiel a sus propios principios, cuando sabe cuál es el camino correcto y, aun así, decide tomar otro, o cuando traiciona aquello que alguna vez prometió defender.

Lo preocupante es que este proceso casi raras veces empieza con un acto significativo de deshonestidad. Empieza con pequeñas concesiones internas que parecen insignificantes como una mentira “piadosa”, un informe alterado “solo esta vez”, una promesa incumplida, un silencio por conveniencia.
Cada una de esas decisiones va debilitando algo mucho más importante que la imagen profesional: debilita la propia identidad.

Muchas personas creen que cuando burlan una norma están engañando a la empresa y este es el principal engaño. El primero en salir perjudicado es quien tomó la decisión.

Porque cada vez que actuamos en contra de nuestros principios perdemos un poco de confianza en nosotros mismos y, cuando dejamos de confiar en nuestra propia palabra, comenzamos a vivir una profunda contradicción interna que tratamos de disimular muy bien, pero te carcome por dentro y destruye tu integridad.

Hoy sabemos que una cultura sólida fortalece la ejecución de la estrategia y favorece mejores resultados. Harvard Business Review ha mostrado cómo la integridad del liderazgo influye directamente en el desempeño organizacional, mientras que McKinsey sostiene que las organizaciones con culturas fuertes ejecutan mejor su estrategia. Sin embargo, hay una realidad que pocas veces nos atrevemos a decir:

Ninguna cultura organizacional puede ser más fuerte que el carácter de las personas que la construyen.

Las empresas no toman decisiones, las personas sí.
Los valores no viven en las paredes, viven en las decisiones cotidianas.

Vivimos obsesionados con la marca personal, aprendemos a comunicar mejor, a negociar, a vender nuestras ideas y, por supuesto, a construir una buena reputación, pero la verdadera prueba del liderazgo nunca ocurre frente a una cámara ni durante una presentación impecable, ocurre cuando nadie nos observa, pero yo me observo y eso es lo más importante.

El carácter es lo que realmente somos y tarde o temprano termino encontrándome con lo que he construido.

Todos aspiramos a una vida mejor. La diferencia nunca ha estado en el destino, sino en el camino que elegimos para llegar. Cuando cruzamos esa delgada línea entre la ambición y la codicia, el juicio comienza a nublarse. Poco a poco dejamos de preguntarnos qué es correcto y empezamos a preguntarnos únicamente qué nos conviene. Es entonces cuando aparecen las justificaciones, las excusas y las decisiones que terminan destruyendo relaciones, familias, organizaciones y proyectos que costaron años construir.

Por eso estoy convencida de que el entrenamiento más importante que una persona puede recibir no es únicamente técnico. Es un entrenamiento de carácter.

1. Porque el buen carácter es una decisión que debemos tomar todos los días.

2. Porque habla mucho más fuerte que nuestras palabras.

3. Porque es consistente dentro y fuera del trabajo.

4. Porque solo se revela de verdad cuando atravesamos la adversidad.

No nacemos con un carácter firme, lo desarrollamos, lo fortalecemos, lo ENTRENAMOS y es quizás esta la conversación que hoy hace falta en nuestras organizaciones. No solo preguntarnos cómo lograr colaboradores más productivos, sino cómo formar personas más íntegras. Porque no son suficientes los procedimientos, protocolos o controles que establezcan, una persona con carácter elegirá hacer lo correcto incluso cuando nadie la observe, y esta decisión, repetida una y otra vez, es la que termina transformando no solo una organización, sino también una vida.

Estoy convencida de que las empresas no solo tienen el poder de formar mejores profesionales, tienen la oportunidad de contribuir a formar mejores seres humanos. Y este es el impacto que el Perú necesita.

Ana Sayan es Coach internacional, conferencista y especialista en entrenamiento de carácter. Autora del libro “Un paso a la vez” 40 reflexiones para forjar el carácter.

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